
Habíamos descendido allí, guiados por un hombre del negocio. Josep Maria miraba de reojo aquel lugar como diciéndome: “¿Pero, dónde coño me he dejado meter?”. Al final de una escalera el hombre abrió la puerta de un pequeño despacho y un grupo de 4 o 5 personajes giraron sus cabezas al unísono hacia nosotros. Uno llevaba gafas de sol, otro un pequeño bigote, como una raya de rotulador dibujada debajo de la nariz... Parecían recién salidos de algún bucle espacio-temporal que los hubiera absorbido de la Barcelona de los años 50 para depositarlos en el mismo lugar 40 años después. A pesar de ser una hora temprana, en aquella oficina se respiraba un aire nocturno, cargado del humo de los cigarrillos y de algún puro que fumaba al menos uno de los allí presentes. Las paredes del pequeño recinto, recubiertas de una espesa capa grasienta, estaban decoradas por innumerables cuadritos: fotos en blanco y negro, recortes de periódico...Todo ello sumido en la misma roña amarillenta que parecía impregnarlo todo, muebles incluso. En las fotos, perros corriendo en pos de una liebre mecánica, perros delgados como espectros, perros en el cajón de salida, perros por aquí, perros por allá. La luz solidificada en el humo de tabaco, conseguía el extraño efecto de poner en evidencia la oscuridad del lugar.
Los rostros endurecidos nos miraron de arriba a abajo. No se porque pensé en Jean-Pierre Melville y en Alain Delon y recordé que en Barcelona, no lejos de allí, hubo una vez una productora de cine negro.
-Estos dos, que dicen que si pueden hacer fotos...
-¿Pa qué coño?- dijo el de las gafas de sol, que parecía ser el jefe.
-Dicen que es pa una revista...-aclaró nuestro guía.
El de las gafas de sol escaneó nuestro aspecto y el resultado fué, más o menos el que ya esperaba: un par de panolis que seguramente sólo pretendían hacer eso, hacer fotos para una revista.
-Bué, pero solo la pista. Sólo la pista ¿entendido?
En la pista, un mozo azuzaba a los galgos con una liebre. La llevaba cogida de las orejas y se la restregaba por el morro a los perros. Luego los perros daban vueltas y vueltas tras una liebre mecánica. Todo aquello tenía la pinta de poder ser una buena alegoría de algo...
Yo hacía las fotos, pero me daba cuenta de que lo realmente interesante no estaba precisamente en la pista.
Finalmente, Josep Maria y yo salimos del Canódromo y regresamos a la década de los 90. Estábamos prácticamente en la plaza España, pero nos parecía haber regresado de un largo viaje en el tiempo, a una Barcelona que ya estaba en estado de extinción.
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