
Sito en Santa Mónica, California, el edificio que muchos años después albergaría el Restaurante Cuminetti fue construído en su origen para ser llamado “Cliff Palace” por su situación entre las paredes rocosas de la Costa Oeste que le recordaban a su propietario las ruinas del Parque Nacional Mesa Verde.
Proyectado por Julia Morgan, la arquitecta de San Simeón -el sueño faraónico de William Randoph Hearst- el proyecto tuvo que ser finalmente llevado a término por uno de sus ayudantes, debido a la gran dedicación que las obras del Castillo Hearst exigían a famosa arquitecto. Es por esta razón que el “Cliff Palace” no figura en los listados más conocidos de sus obras.
La identidad de ese ayudante, que fué posteriormente despedido -dado que Julia Morgan nunca toleró que ninguno de sus trabajadores quisiera destacarse entre los demás- es uno de los enigmas de la arquitectura del siglo XX. Hemos de recordar que al cierre de su despacho en 1951 muchos de los proyectos, diseños y dibujos de Julia Morgan fueron destruidos.
El “Cliff Palace” fue diseñado según parámetros neoclásicos y pretendía ser un restaurante de lujo para los millonarios californianos y las estrellas de Hollywood que querían disfrutar de las playas de San Diego.
Pero un fatídico 29 de Octubre de 1929 terminan los buenos tiempos que comenzaron con el fin de la Primera Guerra Mundial: sobreviene el Crack económico que llevaría a Estados Unidos y al mundo a la Gran Depresión.
Así pues, el “Cliff Palace”, apenas inaugurado, entra en declive rápidamente. Su propietario, arruinado, se suicidó -según una aventurada deducción de la policía ya que nunca se encontró el cadáver- cortándose la garganta con uno de los cuchillos de la gran cocina al tiempo que se dejaba caer por uno de los acantilados. Por aquellas fechas circulaba por San Diego y La Jolla una leyenda urbana según la cual lo que sucedió en realidad fue que se despachó el cuerpo del magnate como parte de un guiso para las multitudes hambrientas que formaba parte de la obra de caridad de un conocido gángster local.
Sea como fuere, el edificio termina por convertirse tanto en almacén de licor -estamos en plena Ley Seca- como en hogar de vagabundos en cuyas idas y venidas nadie repara. Durante esos años de aparente abandono el mastodóntico edificio es testigo de horribles escenas que tan solo salen a la luz pública mucho más tarde. Al parecer, los vagabundos formaban parte de unas siniestras sesiones de lucha organizadas por adinerados desalmados quienes se solazaban viendo a unos pobres desgraciados cortarse en pedazos en luchas a vida o muerte a cambio de miserables cantidades de dinero.
Cuando la policía -presionada por la opinión pública movilizada tras un valiente reportaje del conocido periodista Lou Mortison (célebre por sus reportajes sobre el granjero Lester Green)- toma cartas en el asunto, descubren un horrible escenario: en los alrededores del “Cliff Palace” se encuentran enterrados no menos de 150 cadáveres con signos de terribles mutilaciones. Los organizadores de aquellas macabras veladas -presumiblemente bien conocidos por la sociedad en el área de San Diego- nunca fueron encontrados. Quizás ni siquiera fueron buscados: el tremendo hallazgo coincidió en el tiempo con el ataque japonés a Pearl Harbour y la posterior declaración de guerra. Frente a los casi 5.000 muertos del ataque y la futura carnicería que se avecinaba, 150 indigentes muertos carecían de importancia.
Ganada a pulso una fama de lugar “maldito”, el edificio continuó un lento proceso de degradación hasta que en 1950 y a la sombra del éxito de los primeros casinos de Las Vegas, Joe Cuminetti, un oscuro capo mafioso de la Costa Oeste, decide rehabilitar el edificio y convertirlo en su cuartel general, a la manera del Lexington Hotel de Capone. Juego, fiestas orgiásticas, asesinatos sórdidos... Toda clase de acontecimientos escandalosos se sucedieron durante las décadas del 60 al 80. La decidida actuación del FBI que asestó un golpe casi mortal a la mafia de New York finalmente acabó también con el reinado de Cuminetti en el área de San Diego. Eso, no obstante, no impidió que el edificio -ahora dedicado a ser sencillamente un restaurante- fuera siempre un lugar donde la mafia -cualesquiera que fuese- se encontraba como en su propia casa. Durante un tiempo propiedad de uno de los carteles de Ciudad Juarez, fue también por una temporada lugar de esparcimiento de la mafia rusa.
Finalmente aparece un temible capo, al que precede una leyenda tan fea como su rostro, una leyenda -una más- de tortura y asesinato. Mediante su participación en ciertos negocios inmobiliarios donde no faltaron mutilaciones y palizas, Ernest Hoffmann el “caniche psicópata” -como le llaman sus abundantes enemigos dado que allá donde va lo acompaña un perro pequeño que en realidad es un raro ejemplar de pelo blanco de raza Affenspinscher- se hace con la propiedad del Cuminetti.
Lo que desconoce Ernest es que jamás podrá ser propietario de los cocineros.




